Verónica Pérez Arango sobre La sombra de la mano, de Selva Dipasquale



Apuntes
Sobre La sombra de la mano, de Selva Dipasquale
zindo & gafuri, 2015



1. En La sombra de la mano, Selva Dipasquale ahonda, una vez más, en lo que la viene obsesionando desde hace mucho tiempo: el cruce entre la plástica y la escritura. Desde la dedicatoria y la breve nota introductoria, las artes visuales se imponen como la inspiración y el contexto de este libro que incluye la reproducción de una pintura de la misma autora, y poemas "escritos a partir de fotografías en blanco y negro del artista japonés Shomei Tomatsu, para dar a luz una nueva capa de sentido". De ese modo, la poeta decide trabajar, capa sobre capa, un material que, desde el comienzo, percibimos misterioso, pues a la vez que dice algo, lo oculta y vela.


2. Los poemas del libro, breves en su gran mayoría, acumulan imágenes abstractas que recuerdan cuerpos, accidentes, naufragios: restos de otros mundos. Un efecto detritus, un corpus en descomposición, algo que fue, cualquier cosa, lo perecedero deja sus huellas en el lenguaje.


3. Los versos de La sombra de la mano aparecen desflecados sobre la hoja, algunas líneas largas corren en paralelo con otras más, mucho más, cortas, y dejan espacios en blanco en la hoja, transparencias que dejan ver lo que pasa por arriba y por abajo.


4. La sombra de la mano se sostiene en la presencia casi exclusiva de las acciones; los verbos se multiplican en estos poemas y van construyendo una poesía en un continuo movimiento arrollador. En ese movimiento se escribe el poema pero también se destruye. Los versos se retroalimentan así: La textura del oleaje / hace nacer una mujer / con brazos de hojas puntiagudas y cabeza de luna nueva. / La textura de la luz de la luna nueva / hace nacer / un oleaje.


5. Dipasquale escribe y crea un mundo que es la consecuencia inevitable de la destrucción momentánea de lo existente: por un rato, al menos, se suspende lo que conocemos, y nace otra cosa. Es por eso que escribir siempre implica arrojo y violencia. En estos poemas proliferan verbos como "hundir", "entrechocar", "explotar", "aplastar", "picar", "destruir", "golpear", "raspar", acciones punzantes que implican algún tipo dolor, hasta "tirar" y "tirar" de ellas para que salga algo. Términos provenientes de un universo putrefacto enterrado que sale a la luz, el mundo-basura, los restos rescatados de la muerte: "colgajo animal", "gusanos blancos", "cuerpos sobrevivientes", "pedazos irregulares de tráquea blanca", "feto", "órganos desmembrados", "vidrios, residuos, huesos", "círculos de leche petrificados", "placas fosilizadas", "pasta de larvas y plancton", "nonato", "relieve": palabras-detritus transformadas en un humus capaz de hacer crecer un cosmos extraño, donde el yo lírico permanece invisible porque se mezcla como abono fértil y brota convertido siempre en algo nuevo.



Verónica Pérez Arango




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