Alejandro Mendéz sobre Sobre La dura materia del pensamiento, de Liliana García Carril.

Sobre La dura materia del pensamiento, de Liliana García Carrill
zindo & gafuri, 2015


El epígrafe de Lorenzo García Vega: El texto llega a tener razones que el realismo no entiende, pone de relieve que la poética de García Carril no se termina en el realismo,  sino que lo toma como punto de partida para ganar altura y respirar en las azoteas de otros mundos posibles, pero siempre afincada en el edificio del texto para establecer una minuciosa lírica de la observación.

En la primera parte del libro los poemas hacen un tour de force, una tentativa por agotar un tópico; pero no a la manera de Perec –que roza la impersonalidad del catálogo o inventario- sino poniendo a jugar una subjetividad que indaga y se pregunta. Una tensión entre sujeto y objeto que establece una dinámica administrada prosódicamente por un ritmo de estudiada naturalidad. Si en Perec era la plaza de Saint-Sulpice, en García Carril es la cocina de la casa el topos donde yace el yo poético.

Ya en La mujer de al lado, Bajo la luna 2004, se preanunciaba a la cocina como espacio poético y al agua como su disolvente: en la cocina / el porvenir es posible/ probables la boca/ y la vaga idea de ser alimento/ ser el jugo de una fruta,/ no dulce sino líquido, / no la fruta sino el carozo / al que se llega sin hambre/ pero con enjundioso placer / ser un carozo y terminar/ en las raíces de tu árbol/ o en una maceta, /incluso en un vaso / con agua estaría bien.

El humor negro redime aquellas zonas del texto donde intenta aflorar el sentimiento  la cocina es realismo limpio /por el momento / hervir, saltear, adobar / freír, derramarse la leche y no / ensuciarlo todo con lágrimas.

El tiempo se mide por la caída de los pétalos de la rosa; se marca el territorio con el metrónomo botánico: rosa enferma en el florero soy / la misma cosa que cae / sin la gracia de los pétalos/ lento / el día / sabe / durar más.  También se mide el tiempo con el hervor de un huevo duro  diez minutos / para un huevo duro / después me siento / y no lo como / lo miro / se puede ver la consistencia / del tiempo.

El realismo de la soledad campea a lo largo de todo el libro bajo diferentes modalidades. Como destino es la cocina de la escritura: Escribo sola en la cocina / creía que escribía sola / creía que escribir era sola / que la soledad era / estar sola en la cocina escribiendo;  como lugar es lo recóndito de toda subjetividad puedo terminar doblada y guardada / entre las prendas más íntimas.

El agua y el miedo, los dos materiales que corroen las cosas  tienen un protagonismo excluyente en este libro. No sólo por su vitriólico poder, sino que también son agentes para la transformación, como acertadamente nos recuerda la cita de Louise Bourgeois que da comienzo a la segunda parte del libro Sin un poco de miedo no se hubiera hecho nada en el mundo.

Para pensar se requiere silencio, pero no cualquier silencio sino uno de escala planetaria. No es suficiente el acotado espacio de la cocina, ni siquiera el de la casa, ni el de la ciudad. Deben acallarse todas las voces, incluida la pesada voz de Dios para que pueda existir la dura materia del pensamiento: La conversación  no admite esos preámbulos en grises/ y quedamos en silencio, un silencio planetario/ hecho, parece, de la dura materia del pensamiento. 

En este aparente escenario objetivo, y tal como Anne Carson nos advirtiera: De qué sirve un relato/ si no tiene dragones venenosos,  se presiente lo maravilloso, lo fuera de lo común: Abro los ojos, ahora es un collage armado con pedazos / de metales de tierras increíbles: / óxidos con nombres que suenan a dioses griegos / a los que se pudiera acudir.

El tema del alimento, ya está presente en su libro anterior: La paciencia, Bajo la luna 2009. Remedando el título del célebre poema de James Laughlin (The Care and Feeding of a Poet); García Carril nos dice: Cuidar y alimentar a otra poeta /Estoy de vacaciones con una gran poeta. / Será lo nutritivo de la conversación / lo que me hace aumentar de peso. / Noto que la gran poeta / no sufre del horror de la página en blanco / sino del vacío de la heladera, / la incertidumbre de qué comeremos / las cinco noches que nos quedan.

En La dura materia del pensamiento el alimento pasa a ser una obligación, un mandato: pero hay que alimentarse / atenerse a la ebullición de ese caldo / donde flotan fragmentos / que pudieran ser pistas / para construir / los días que vendrán. También la acción de alimentarse deviene un rito de pasaje de aquello que paradójicamente no pasa ni se digiere, ya sea el alimento o su sucedáneo: la palabra: Pero una feta de salmón entre dos panes/ no es consuelo/ apenas te entretiene la boca / y entre dientes pensás / lo indigerible: Esa palabra que dice mal / y no parece traer bien alguno/ no. 

Este potente y ajustadísimo libro de García Carril cumple con aquello que Gabriela Milone, en su libro Luz de labio, expresara de manera ejemplar: Ahí, entre la cosas y el pensamiento, entre la palabra y el mundo, entre la distinción y la intimidad, entre el es y el hay, entre el mostrar y el decir, la poesía parece ser algo; acaso, simplemente, un umbral, una zona adentro-afuera que no se resigna a la imposibilidad de nombrar desde la convicción de que palabra y mundo se han disociado irreversiblemente, ni cae en la creencia del nombrar absoluto apelando a cierto principio de plenitud requerido para la palabra poética. Ni inefabilidad ni metalenguaje: la poesía parece ser algo que, aferrándose a la potencia tautológica del habla como habla, al ser de la palabra, al estado bruto del lenguaje, expone su dureza de piedra, su corazón de pensamiento-lenguaje, siendo ese umbral donde se sabe, no qué son las cosas, sino que las cosas, como afirma Agamben (1989: 112), “son, simplemente, maravillosamente, inalcanzablemente”.

Efectivamente, la fuerza del lenguaje estira sus implicancias aparentemente objetivas para censar los objetos, las cosas que son obedientes y serviles. Para ello García Carril se sirve de un lenguaje sin opacidades, con muy pocos adjetivos y cortes de versos precisos.

Hay un más allá al que preguntarle, funcionando como la Bocca della Veritá de un realismo expandido; pero a diferencia de la célebre máscara de mármol romana aquí nadie pierde la mano porque el pensamiento y su dura materia son los guardianes de la verdad del texto.






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