Carlos M. Eguía sobre La patada del chancho, de Horacio Fiebelkorn


Sobre La patada del chancho, de Horacio Fiebelkorn
zindo & gafuri 2016





Mark Strand dice en “Nuevo manual de Poesía” que “si un hombre entiende un poema tendrá problemas”. Confieso que después de leer el primer poema largo de “La patada del chancho”, no los tuve. A mi modo de ver, arranqué perfecto. Lo bueno de no entender, además de que uno no suma problemas a los que ya tiene por el solo hecho de existir, es que quedás como suspendido en el aire, sin apoyo, sin fundamento necesario, lo repito, ni siquiera tenés un problema al cual darle solución y esto es más inquietante aun.
No hay nada que entender.
Así funciona la poesía que me gusta, derrapás y la baranda más cercana para asirse  es el sinsentido, pero es en ese vórtice donde tu imaginación se activa. Esta antesala me sirvió luego para continuar la lectura de los otros 5 poemas también largos que componen este libro.
Con la imaginación disparada, el tono mental es el ideal para leer poemas. Retorno al primero llamado “La máquina de Markov”, a una suerte de prefacio donde el poeta reflexiona sobre la forma que se generó para componerlo y crear su Frankenstein, que como él mismo reconoce de entrada, podrá volverse pronto en contra y entonces deberá dedicarse a escapar ya que ni siquiera sabe si podrá leerlo en voz alta para en cierta forma dominarlo.
Esperemos que se anime.
Resulta que este monstruo patea el tablero de entrada, aparentemente se va de cauce y de causa, rompe con todo, la herramienta con la que su mentor eligió crearlo es un dispositivo en la red que genera frases a partir de textos escritos, la tecnología interviene también en la composición, el algoritmo ordena, y Horacio re ordena, vuelve a componer. Las operaciones de armado que inicia y pone a funcionar de nuevo a través del verso disuelven los límites del sentido ordinario, de las lógicas gastadas, liberan la fuerza poética, ya que quien  ejecuta este procedimiento finalmente no es el algoritmo ni un filosofo analítico que hace juegos de lenguaje, sino un poeta que juega con el azar y diluye los referentes. Es así que la nueva disposición, la nueva combinatoria, pasada por el tamiz del oído y la visión del poeta, Horacín, como lo bauticé hace rato, quizá para diferenciarlo un poco del clásico latino, crean un mundo distinto, desde luego incómodo para la razón, un malestar conceptual se genera, una especie de absurdo, algo está pasando y no sabemos qué. La única forma de progresar es rítmica, pasar de un verso a otro fijando vértigos como decía Rimbaud. El lector se desacomoda y libera a la vez, pero el poeta, emulando la patada del animal, cuando compuso la hizo corta, creó líneas en breve vibración. Dice el poeta:
                                
                                       La mugre
                                       de alguna cosa
                                       es esta calesita
                                       medio incomprensible.

Quizá entonces por ahí va el asunto, no es vacío, puro juego de lenguaje, sino entrada de una creatividad emocional que desestructura  un mundo conocido para emprenderla con la exploración.
En ese espacio de dimensiones múltiples que se presta mal al conformismo, el vuelo imaginativo encuentra su atmósfera. Como si el tiempo absoluto de Newton se descompusiera en el tiempo relativo, deja de existir la secuencia en la que creemos vivir, es decir, pasado, presente, futuro. El pasado puede estar delante de nuestros ojos, el futuro atrás, algo así. Sí, el autor de este poema tiene razón, se trata de un monstruo, pero sin duda encantador.
Después de esto el libro continúa, pega otro salto, abandona al Frankenstein que queda solitario, sin esperar otro lector, sabe que vendrán por él, de todas maneras no le importa demasiado si no ocurre, persistirá allí, en el ámbito del poema, donde lo primero que se infringió es el sentido común. 
Para esto nosotros, que acabamos de abandonarlo, ya estamos adentro de lo que sigue: un blues a las cucarachas. Con “Cuca´s blues” caemos a la música en un fluir al ras, en una proliferación que invade el espacio, donde el humor y la sordidez sintonizan otras poéticas con las que dialoga Fiebelkorn y con las que, en conjunto, creo que forman una constelación que sigue emanando luz. Con esto quiero decir que esa vía no esta cerrada, sigue pulsando. Esas poéticas compañeras son: de la década del 20, la de Nicolás Olivari, y la contemporánea de Alejandro Rubio.
Sigue “Patos trastornados”, les diría que es mi preferido, junto al que cierra el libro, titulado “Dos ensayos”. Se preguntarán por qué me gustan tanto más que los otros. Bien, es que me encantan y punto. Esto ya es motivo suficiente para mi, no tengo ganas de explicarme ni explicar a nadie el por qué. Ustedes cuando lo lean tendrán la oportunidad de coincidir o pensar diferente.
Con el poema “Cadena” ocurre algo muy novedoso, el lector desde los primeros versos queda atrapado en su caudal, se convierte en personaje, si se deja fluir con el sentimiento que va encumbrando al poema tendrá un final feliz, si quiere rajarse le sucederán toda suerte de desgracias, varias de las cuales son expresadas en algunos versos sin rodeo ni circunloquio. Ustedes vean qué hacen, yo fluí hasta el punto final, tenia el protagónico, como lo tendrá, por otra parte, cada lector que entre con él a escena, y junto al papel, claro, la oportunidad de elegir entre las dos opciones.
Bueno, ya cerrando, “La patada del chancho” es un libro que nos abre la oportunidad, como toda la poesía de calidad, de escuchar, de atender una voz, ingresando a su dimensión estética entendida como la tonalidad intensa del pensamiento y la emoción, una vez adentro no queda otra que avanzar tratando de alcanzar esa autonomía que propone  el arte original.    
Basta una muestra de “Dos ensayos” para oír la musicalidad del verso y su potencia evocadora.
Dice el poeta:

                      Cada cosa es lo que
                      la cosa trae
                      con ella. Cada cosa
                      es la suma de
                      cada cosa. La sombra de
                      la carga: su peso.                             

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